Usos de la música y del ritmo en el autismo

La música, llamada el “arte de las musas”, comporta la combinación de sonidos y de silencios de acuerdo a una melodía, una armonía, un ritmo y puede incluir también el uso de canciones. Los distintos elementos que la componen pueden formar parte del uso particular que cobra en el autismo. Para examinar esta cuestión podemos dividir su función del lado del sujeto con autismo y, por otro lado, su uso en el dispositivo analítico.

1. Del lado del sujeto

La soledad y la inmutabilidad, la fijeza, son dos características que usualmente describen al autismo: niños sin contacto con el mundo, encerrados en actividades solitarias y repetitivas que expresan la necesidad de mantener un orden rígido, sin que nada cambie, como una modalidad de defensa contra la angustia.

En realidad, la soledad no es tan radical como se la puede suponer puesto que una parte de los niños buscan a su manera aproximarse al otro. Existe en los niños autistas un “lazo sutil” que posibilita un trabajo analítico, de modo tal de desplazar el muro invisible del encapsulamiento autista, y eso hace que no queden totalmente a solas con sus invenciones. La escucha del niño busca encontrar algo nuevo en la repetición a partir de sus intereses específicos, sus pasiones, mal llamados obsesiones.

El discurso del niño autista no es pura estereotipia, si los escuchamos podemos encontrar, como dice Lacan, que tiene algo para decirnos. Muchas veces la repetición de lo mismo opaca el encuentro con la contingencia de aquello que aparece en forma espontánea en el tratamiento y que debe ser escuchado.

Las formas de presentación del autismo varían dentro del llamado espectro autista. Algunos sujetos hablan, otros usan pocas palabras y algunos permanecen en silencio.

En la “Alocución sobre las psicosis en el niño” (1968), cierre de las Jornadas por invitación de Maud Mannoni, Lacan comenta el caso Martín presentado por Sami-Ali titulado “Génesis de la palabra en un niño autista”. Este niño con “mutismo” se tapaba los oídos y también repetía en otras oportunidades mamamama o papapapa, por lo que para Sami-Ali se ubicaba a nivel preverbal. Lacan critica esta posición e indica que si el niño se tapa los oídos es porque se protege del verbo, está ya en el lenguaje. Por otra parte en relación al mutismo señala la diferencia entre taceo y silet. Ambos significan “callarse”, pero taceo apunta a la mudez y silet al silencio. El baño del lenguaje se produce en el autismo y su silencio surge de su confrontación con su goce y “a una palabra más primordial que cualquiera mamama“.

Se puede situar en ambas intervenciones el anticipo del baño de lalengua: ya sea en la concepción de Eric Laurent de la alucinación en el autismo en la que se tapa los oídos para protegerse del ruido de lalengua, o como la iteración del Uno como modalidad propia del autismo como efecto de la forclusión del agujero.

Muchos niños autistas que no hablan o dicen pocas palabras guardan una relación particular con la cadencia, con repetir sonidos sin ninguna intención de comunicación, hacer golpeteos continuos o rítmicos sobre los objetos a modo de una percusión, o presentan distintas modalidades en relación al cantar para evitar la enunciación o la interlocución como lo subraya Maleval. De esta manera Donna Williams, autista de alto nivel, decía “cantar no es hablar”, y guardó toda su vida una relación particular no solamente con la escritura sino también con la música.

La relación con la música puede constituir una afinidad particular del sujeto y volverse un interés específico. Así, pueden escuchar determinadas melodías o canciones en forma iterativa, vincular este interés al uso mediador de un objeto tecnológico o al uso de internet, ya sea bajo la forma de la asociación entre las imágenes de los videos y el sonido, o la localización en una tablet, un grabador o un teléfono al sonido en cuestión. La música puede incluir o no sus letras. Algunos niños reproducen la sonoridad de una melodía exactamente sin pronunciar una palabra, otros hacen uso de sus letras aunque después limiten el uso del lenguaje. Una niña, por ejemplo, tomaba su guitarra de juguete y repetía ecolálicamente la música cantada por la maestra sin cantar su letra. Eric Laurent señala la multiplicidad de registros en los que se pone de manifiesto “la letra”, otro nombre de lo que funciona como Uno solo en el autismo, que son cantar, hablar, escribir, dibujar y también escuchar música. Cada uno se apropia del Uno a su manera, de manera heterogénea, en tanto escritura, cifra, fijación de la palabra, imagen discontinua o la utilización de la música y de la melodía. Niños completamente mudos pueden escribir sobre muchas cosas, en forma legible o no, y otros niños no se sitúan ni del lado del hablar ni del lado de escribir, sino que cantan. Por eso indica que a través de estas dimensiones heterogéneas es posible establecer las condiciones clínicas que permitan establecer un lazo con el niño de modo tal de favorecer dispositivos de tratamiento de la instancia de la letra cada vez más amplios.

La apoyatura en el interés específico permite expandir su encapsulamiento autista. Para Maleval, los intereses específicos, como la fijeza, buscan una coherencia local que tempere su mundo caótico. Y, añade, el borde autista puede reducirse al interés específico y su función de mantener apartados los afectos desaparece y se vuelve una mediación social protectora. De ahí que las “obsesiones” son en realidad estrategias defensivas que deben ser favorecidas.

2. Del lado del tratamiento

Esto nos conduce hacia el uso que puede tener el trabajo sobre la música en sujetos que presentan esta afinidad. En la medida en que el niño canta o trae la música que escucha a las sesiones es posible trabajar de modo tal que en esas secuencias iterativas se produzca un desplazamiento metonímico que incluya otros objetos y personas.

Existen innumerables maneras de establecer un lazo sutil con el sujeto autista, sin intrusión, de modo tal de incluirse en su encapsulamiento y desplazarlo, y los analistas buscan hacerlo a través de sonidos, objetos, ritmos, canciones o instrumentos musicales, pequeños hallazgos inesperados, utilizando juguetes, golpecitos, abriendo o cerrando los ojos, imitando movimientos, quedando en silencio, nombrando una palabra, a través de secuencias de números, y también utilizando objetos tecnológicos como teléfonos, tablets, computadoras, a través de recursos que dan cuenta en definitiva de una serie que resuena con la Torre de Babel.

El golpeteo en un niño pequeño que no hablaba se unía a la repetición de “tiqui tiqui tiqui”. A ese sonido continuo sin cortes introduzco un ritmo con golpecitos y la repetición de “uno dos tres cuatro”, siempre con el mismo tono y en una secuencia fija. El niño toma esta secuencia rítmica y dice a su vez “tiqui tiqui tiqui cuatro cinco seis”, de modo tal que para mi sorpresa descubro que no solo habla sino que también sabe contar. Situándome junto al niño logro aproximarme a su cifrado.

Frente a un niño que deambulaba por una institución la musicoterapeuta sale al patio con una guitarra. El niño pega su oreja a ese instrumento y escucha la resonancia de las cuerdas. Lo nuevo que lo extrae un instante de su encierro es que comienza a canturrear tocando la guitarra apareciendo un gusto particular por lo sonoro que lo vincula a la analista y le permite trabajar así a través de ello.

Una niña presentaba una afinidad con la música. De pequeña pedía una y otra vez escuchar las mismas canciones sin cantarlas. En determinado momento comienza a traer el celular con el cual escucha iterativamente la misma canción como sonido de fondo durante toda la sesión. Incluso comienza a cantarlas mientras las escucha. Su “pasión” por la música se vuelca hacia el canto. A pesar de sus dificultades gramaticales para hablar, canta sin ningún error, entonando sin dificultad y, luego de mantenerse alejada de los otros niños durante años, llega un día a cantar frente a su clase y grabar su canto. Trae a continuación esa grabación a la sesión y así, el canto junto con la música, por mediación de los aparatos electrónicos, cobran un lugar importante en sus sesiones de modo tal de ampliar su encapsulamiento, puesto que comienza a buscar variaciones de los distintos cantantes de esa canción. El uso de internet le permite acceder a ellas alternando dibujos, idiomas y voces, mientras que el celular se vuelve así el “auxiliar” de una narración entrecortada y el sostén de alternancias iterativas.

La música, el trabajo sobre los ritmos y la cadencia se pueden volver elementos de expansión de circuitos cada vez más amplios en el autismo que permitan incluso un vuelco hacia lo social, como en el caso de la niña que canta frente a sus compañeros.

A esto se añade los objetos tecnólogicos que los niños utilizan en la actualidad para traer la música. La televisión, los grabadores, los juguetes del consultorio, el teléfono, las computadoras, las pantallas, o las distintas aplicaciones digitales, son utilizados comúnmente por los niños en sus análisis por fuera del diagnóstico. Lo que varía es el uso que puede darle el sujeto autista en la medida que se vuelven la apoyatura para desplazar su encapsulamiento, bordes que les permiten controlar y repetir determinadas secuencias.

Estos objetos se vuelven así el soporte de desplazamientos del encapsulamiento autista, “objetos mediadores” como lo llama Maleval, “objetos transitorios”, según la expresión de Laurent, y personalmente incluyo también la expresión de “auxiliares del relato” sobre los que se apoya para su trabajo bajo transferencia dentro del dispositivo analítico en esta “clínica del circuito”, como lo llama Laurent.

Para Maleval, el sujeto autista se introduce en el lenguaje cortado del goce vocal por lo que estructura el Otro a partir de los signos memorizados que se refieren a un solo referente. No funciona el equívoco: cada sentido una palabra. El signo queda anclado en la situación de aprendizaje por lo que se dificulta la generalización y el uso de términos abstractos. Estos signos aprendidos uno por uno se organizan y eso le permite al sujeto armar un sistema de oposiciones y de ordenamientos para hacer uso del lenguaje.

Dentro de la singularidad del tratamiento Laurent señala que en la construcción del ambiente repetitivo el sujeto logra inventar una significación de una palabra, incluso darles un sentido privado, fabricando cosas, por lo que logra armar una “lengua privada” sin salir de su funcionamiento autista. Es más, el sujeto autista puede comenzar insertándose en el mundo con muy pocas palabras, que se complejizan luego en un circuito bajo la modalidad no de oposiciones sino de juxtaposiciones reales dado que el sujeto autista está inmerso en lo real.

El tratamiento analítico busca extraer al niño de su homeostasis inicial e incluirlo a través del trabajo en transferencia, sin forzamientos, en un desplazamiento que tome en cuenta sus intereses específicos, y que logre producir algo nuevo en la repetición. Se debe partir del respeto de las soluciones y las afinidades propias del niño, en las que se incluye la música, para que pueda encontrar su “saber hacer” en el mundo.