Presentación de la revista Carretel N° 15

Tengo el gusto de presentar Carretel N°15, que es la revista de las Diagonales Hispanohablante y Americana de la Nueva Red Cereda, cuya directora es Eve Miller-Rose. Quisiera agradecer a Alejandra Glaze su invitación para participar de este evento, como siempre lo es la salida de un nuevo libro.

Los títulos que presentan este número son el merecido “Homenaje a Judith Miller”, fundadora de Cereda y antigua directora de la revista, que nos ha dejado hace poco tiempo, pero que sigue estando a través de su obra entre nosotros, y luego “Niños violentos”, título de las 5° Jornada de Estudio del Instituto del Niño realizada en París en el año 2019. A estos dos títulos se incluye en el interior del texto un tercero, “Diferencia sexual”, con dos conferencias preparatorias a las Jornadas previstas para el año 2021 del Instituto del Niño en París. Y, por último, siguiente el espíritu clínico que palpita en la Red Cereda, una serie de casos que dan cuenta del trabajo con niños desde la perspectiva de la orientación lacaniana.

Tal vez lo que caracteriza a esta revista es la pluralidad de voces, de psicoanalistas convocados para hacer resonar una misma orientación desde Lacan tomando a los niños como analizantes sin hacer de ello una especialización. Sin duda la multiplicidad y variedad de los textos solo permite realizar algunas puntuaciones que invite a la lectura. Intentaré, pues, tomar algunos ejes que guiaron mi propia lectura.

La revista se inaugura con una precisa presentación de la responsable editorial, Begoña Isasi, e inmediatamente se le da la palabra a Judith Miller a través de una nota televisiva que se le realizara a fines de 2003. En su entrevista nos introduce en el acto de coraje de su padre al llamarla Judith, nombre judío, en 1941, en medio de la Segunda Guerra Mundial, que da cuenta de un deseo en acto por parte de Jacques Lacan. A esa marca le dio un estilo propio a través de la serie de decisiones e invenciones de las que da cuenta en la entrevista que hacen palpitar la historia del psicoanálisis.

Y el estilo se transmite, y de ello da cuenta las distintas presentaciones en el homenaje a Judith Miller que enfatizan su decisión y firmeza: Judith, como su padre, era una mujer que sabía qué quería y hacía lo imposible para conseguirlo, sin desentenderse de los otros con quienes tenía el talento de saber trabajar en comunidad. También hablan de su generosidad, su pasión, con las que marcó las rutas libidinales en la extensión del Campo freudiano. Lo impactante de su deseo, su valentía y gracia, quedan articulados a una causa. “Audaz mensajera del Campo freudiano”, “un deseo sin retroceso posible” que asume sus consecuencias, son tantas otras maneras de nombrar la manera en que perdura en todos nosotros.

El apartado “Niños violentos” tiene como referencia fundamental el texto de Jacques-Alain Miller presentado en las Jornadas anteriores y que fuera la conferencia preparatoria publicada ya en el Carretel 14 en 2017, dando así una continuidad entre las distintos números de las revistas que dialogan entre sí. Este texto crucial para reflexionar sobre la violencia y los niños, plantea a la violencia no ya solo como un síntoma sino como la pulsión en acto sin lo simbólico, dando cuenta de la relación del sujeto con el goce, y también abre las puertas para su examen en la psicosis en la infancia.

Pero el texto incluido en este número de J.-A. Miller es otro, de absoluta actualidad, que se titula “¿Cómo rebelarse?”, en respuesta a una invitación de Catherine Clément. No es por qué sino cómo. De hecho, no faltan razones para rebelarse, es un momento de puesta en cuestión de la autoridad. E inmediatamente hace una oposición: la subversión y la revolución se inscriben en una duración, en cambio, la rebelión no, se juega en el instante, es un sobrecogimiento.

Miller plantea que se trata de rebelarse de la buena manera, y eso es lo que se espera en la medida en que está advertido de su imposible de soportar, a sabiendas que cada uno tiene el suyo y no coincide con el de los otros. La rebelión en nombre de la justicia es a menudo habitada por el goce, y eso no debe ser llevado a cabo de modo suicida.

Por otra parte, si tomamos en cuenta al niño, Anaelle Lebovits Quenehan señala que están más sujetos a la autoridad que frustra su rebelión, su rebeldía, de allí que cuanto más violenta es la rebelión del niño, a menudo el amo con quien debe confrontarse también lo es. En realidad se trata de respetar al niño y su violencia para aislar el punto de real al que responde sin alentarla, de modo tal que la pulsión opere un giro que le da la oportunidad a que su rebelión sea más digna.

Las puntuaciones de este apartado sobre la violencia tratan de aprehender estas manifestaciones contemporáneas. Sorprendentemente, se inicia con un testimonio de un AE que da cuenta de lo que llama una “fijación violenta”. Daniel Pasqualin relata entonces: “Mi madre sangra, se ha cortado en el dedo, mi padre interviene con un cuchillo, miro la escena desde la distancia, veo rojo, ¿la cura o la hace sangrar?”. Estos dos significantes cuchillo paterno y sangre materna hacen existir la relación sexual por la violencia que haría relación. Se pregunta entonces: “Un hombre, ¿cuida a una mujer o la hace sangrar?”. Marca en el cuerpo que retorna en su historia fantasmáticamente. Este apasionante testimonio concluye con cómo pudo cambiar y dejar de acuchillar a su mujer a través de las palabras y dice: “Un nuevo amor se avecina. Cuido la lengua con la que le hablo, no estoy ahí para cuidarla, y mucho menos para hacerla sangrar”.

Los casos presentados en esta secuencia, como en la del final, dan cuenta de cómo la violencia del niño o del adolescente interpela al Otro social y se vuelve sintomática en el medio familiar y escolar, y es el tacto, el analista apartándose del discurso del amo, que permite que llegue a buen puerto y el sujeto pueda vérselas con el real en juego. Muchas veces esa violencia no solo recae sobre el otro sino sobre el propio cuerpo, mostrando cómo el desgarro en la trama simbólica retorna sobre el mismo sujeto. José Ramón Ubieto señala que no hay que etiquetarlos sino ayudarlos a “construir un punto desde donde verse y representarse para el otro”. “Dulzura” y firmeza” es una perspectiva de trabajo no siempre fácil de sostener. Pero lo singular de cada vida la vuelve inclasificable. De ahí que la orientación analítica apunta al hallazgo en el que podamos confiar.

“La diferencia sexual”, tema de absoluta actualidad, es abordado en su relación con los niños y los adolescentes en dos intervenciones incluidas en este libro. Daniel Roy, luego de un puntual recorrido por Freud y por Lacan, muestra cómo la distribución no es anatómica sino de puro semblante. Chicos y chicas se los distingue en el discurso desde su llegada al mundo. La verdadera distinción se lleva a cabo “a partir de una elección de goce que determina las posiciones hombre o mujer, que se hace pasar por una distribución significante”. Pero, inevitablemente, estas identificaciones sexuales son identificaciones de crisis porque son inestables, actuales y sintomáticas por la discordancia entre los semblantes y el goce.

Marie-Helene Brousse, por su parte, señala que desde el Seminario XX, la diferencia deja de ser organizada por el orden binario y en su lugar aparece una oposición no binaria entre el Todo, que incluye a todos los seres hablantes, y el no-todo, que no permite hacer consistir la diferencia binaria. El lado llamado femenino es un intento de hacer accesible lo que no lo es del lado hombre regido por el régimen del uno de la excepción y el todo del universal. Del lado femenino la diferencia se vuelve asimétrica puesto que excluye toda complementariedad. De allí que la diferencia sexual solo se expresa del lado de la identificación y del fantasma que permite distribuir géneros, mientras que en realidad expresa la singularidad de las formas de gozar.

Si el sexo es un decir, Marie-Helene Brousse se pregunta a continuación: “¿Qué palabras eligen hoy los niños para decir su pertenencia?”.

Daniel Roy indica que hay que acoger las ficciones del niño que nos habla, en la medida que “llevan la marca de la diferencia absoluta que ellas contienen, siempre sexual”, para poder dejarnos enseñar, como lo indica Miller, por aquello que los niños y las niñas saben de la diferencia sexual y lo que quieren, pueden o no quieren saber.

La transmisión de Judith Miller de escuchar al niño sin que el psicoanálisis se deje absorber por el discurso del amo, de respetarlos y sostener una posición ética atraviesa esta revista desde el comienzo al fin. Seamos dignos de este legado.