Los sueños de la muerte de personas queridas

En “La interpretación de los sueños” (1900) Freud se ocupa de una serie de sueños que llama “típicos” en los que se presenta en el contenido la muerte de un padre, de un hijo o de otra persona querida. En ellos distingue aquellos que al despertar solo sorprende su contenido de los que producen un profundo dolor y aun dormidos nos hacen llorar. En estos últimos sitúa el deseo de muerte de la persona fallecida que puede corresponder a deseos reprimidos. El sueño mismo permite que sigan viviendo a la manera de las sombras de La Odisea en el que tan pronto beben sangre logran despertar. Eso no lo lleva a Freud a interpretar esos deseos en medio de la muerte de un ser querido aún cuando se pueda inferir tales deseos en la infancia. Se introduce así el análisis de la saga de Edipo como así también el examen de Hamlet.

Lacan dice que el complejo de Edipo fue un sueño de Freud y esto es preciso tomarlo en una doble acepción: por un lado, Freud soñó con Edipo, por otro lado, hizo existir al complejo de Edipo en tanto fue él quien lo introdujo.

El sueño relativo a la muerte de su propio padre lo sitúa en los mecanismos de la figuración onírica.

Un sueño de Freud

Existen dos versiones del relato del sueño de Freud acerca del sepelio de su padre. En la correspondencia con Fliess, en la carta N° 50, del 2 de noviembre de 1896, dice que lo sueña el día después del entierro de su padre; en “La interpretación de los sueños” en la página 323, indica que lo soñó un día antes.

En su comentario señala que él había organizado un sepelio humilde, recatado, modesto, por la muerte del padre, y le pareció que a sus familiares les había resultado insuficiente su organización. Freud siente cierta presión familiar acerca de cómo debería ser el procedimiento del velorio y tiene un sueño que dice: “se ruega cerrar los ojos” o bien “se ruega cerrar un ojo”.

Ese sueño introduce una ambigüedad, dice Freud, porque afirma dos cosas diferentes y el sentido varía. La primera versión “se ruega cerrar los ojos” alude al deber familiar: los hijos entierran a los padres. Se diría que es un deber filial cerrar los ojos del padre muerto. La segunda versión, “se ruega cerrar un ojo”, recibe de Freud el sentido de indulgencia. Frente a esta idea de que no ha sido un sepelio lo suficientemente lujoso como lo deseaban sus familiares, “se ruega cerrar un ojo” es como un pedido de que se lo dejen pasar aunque no haya sido exactamente como los familiares lo deseaban.

En la carta a Fliess dice que “es una disculpa, como si yo no lo hubiera hecho y necesitara indulgencia”. Como si no hubiese cumplido sus deberes filiales. Y continúa: “se trata efectivamente, este pedido de indulgencia, de un autorreproche”. La muerte del padre produce en Freud un sentimiento de culpa. De esta manera, están presentes el deber y la culpa. En ese momento lo presenta como autorreproche: la falta del padre, su muerte, retorna en el hijo como sentimiento de culpa. Freud se siente en falta frente a su deber, frente al padre que falta siente reproches.

El análisis de este sueño por parte de Freud queda asociado a sus desarrollos relativos al complejo de Edipo. En su correspondencia, Freud le escribe a Fliess acerca de la trilogía de Edipo y, por otro lado, también menciona a Hamlet como la versión moderna del Edipo.

En la carta 71, la del 15 de octubre de 1897, Freud dice acerca de sí mismo: “También en mí he hallado el enamoramiento de la madre y los celos hacia el padre, y ahora lo considero un suceso universal de la niñez temprana… Si esto es así, uno comprende el cautivador poder de Edipo rey… Cada uno de los oyentes fue una vez en germen y en la fantasía un Edipo así…”. El complejo de Edipo es así presentado por Freud a partir de su propio análisis y extraído de la saga griega. Pero, y sentando las bases de su desarrollo en “La interpretación de los sueños”, Freud añade que este es el fundamento de Hamlet aunque el propio Shakespeare no lo supiera. La vacilación de Hamlet de vengar al padre matando al tío se explica por “haber meditado la misma fechoría contra el padre según su pasión hacia la madre”. De esta manera, por su sentimiento de culpa, logra “procurarse su punición experimentando idéntico destino que el padre, al ser envenenado por el mismo rival”.

En “La interpretación de los sueños” presenta la historia del Edipo como una de las llamadas “tragedias del destino” pero con la particularidad que su efecto conmovedor se desprende del hecho de que su destino podría haber sido el nuestro: “…antes de que naciéramos el oráculo fulminó sobre nosotros esa misma maldición” (p. 271). Los mismos deseos primordiales funcionan en todos los sujetos neuróticos, por lo que la culpa de Edipo no es más que la nuestra propia.

La analogía con Hamlet aparece inmediatamente en la pluma de Freud, pero también sus diferencias. Si en Edipo el deseo infantil es realizado, en Hamlet permanece reprimido y solo es aprehendido a través de sus consecuencias inhibitorias. La acción “afectada por la palidez del pensamiento”, según la expresión de Goethe. La culpa se sitúa una vez más en el corazón de la trama trágica: “El horror que debería moverlo a la venganza se trueca en autorreproche, en escrúpulo de conciencia; lo detiene la sospecha de que él mismo no es mejor que el pecador a quien debería castigar”, dice Freud (p. 274). La interpretación de Freud es que la propia obra es una elaboración de Shakespeare ante la muerte de su padre ocurrida pocos años antes, es decir, un trabajo sobre sus propios sentimientos infantiles hacia él.

En su correspondencia con Fliess, en la carta del 15 de octubre de 1897, Freud explica la vacilación de Hamlet en términos de “la tortura que le depara el oscuro recuerdo de haber meditado la misma fechoría contra el padre por pasión hacia la madre” (p. 308).

Lacan dice en el seminario de la angustia que en tanto faltamos lo que retorna sobre el sujeto es la falta del Otro, la manera en que, al ser objeto de amor de ese Otro, le faltamos. La explicación freudiana del duelo es que al morir una persona querida la libido objetal que investía a ese objeto retorna sobre el yo. El proceso del duelo consiste en un recuento de recuerdos, tiempo de elaboración que permite al sujeto ir lentamente separándose del objeto perdido, de modo que la libido de objeto va retornando sobre el yo.

Lacan explica el duelo a través del amor. Al amar se da lo que no se tiene, se le da al objeto un valor fálico, todas las excelencias del ser, el objeto es falicizado. En tanto sujetos amamos un objeto que, a su vez, nos ama como sujeto porque también al amar nos da su falta. Cuando alguien muere retorna sobre el sujeto la manera en que se ha sido su falta, la manera en que falta al Otro, y es eso lo que le da un valor particular, porque cubrimos su falta. La falta que retorna sobre un sujeto es subjetivada como sentimiento de culpa.

Un sujeto en análisis cuida a su padre durante toda su enfermedad. En un momento, mientras acompaña al padre agonizante, apenas durante un breve instante, cierra sus ojos. Otra persona la despierta y le dice que su padre murió. En su relato esto resulta suficiente para que el sujeto se sienta en falta por no haber acompañado al padre en su muerte.

Otro sujeto en análisis, luego de la muerte de su padre se ocupa de su madre durante toda su vida. Durante un viaje la madre enferma y lo llaman para que vuelva de inmediato. Hace una odisea de un día entero, con combinaciones de derroteros imposibles y llega apenas un instante antes de que la madre muera. El sujeto se siente en falta y culpable por no haber estado presente en el momento en que la madre fue internada: ella lo llamaba y él no estaba presente.

Nada puede hacerse para impedir que un sujeto no se sienta en falta frente a la muerte de un ser querido. En algún lugar la falta del Otro retorna como sentimiento de culpa. Todos los cuidados que se realizan no alcanzan ese suspiro en el cual un sujeto cierra los ojos. Es como si todo lo hecho anteriormente fuese apagado por cualquier incidente con el que se imaginariza la falta.

Cuando Freud sueña que es él quien necesita indulgencia por no haber hecho exactamente lo que debía hacer en el velorio de su padre, él expresa su sentimiento de estar en falta. El deber y la culpa están de su lado y no del lado del padre. Salva al padre, que queda sin pecado, y es el él quien no hizo lo que debería haber hecho.

No sabe, no ve

En el apartado “Sueños absurdos”, de “La interpretación de los sueños”, Freud relata un sueño en el cual el padre está muerto y el sujeto sueña que el padre está vivo y habla con él. Es el sueño de un hombre que cuida a su padre durante su agonía, hasta que finalmente. Luego de su muerte tiene el siguiente sueño (pág. 460): “El padre estaba de nuevo con vida y hablaba con él como solía, pero estaba no obstante muerto, sólo que no lo sabía”.

El padre está muerto solo que “él no lo sabía”. Esa es la ambigüedad del sueño, Freud completa: según su deseo. La interpretación de Freud es que el sujeto sueña que el padre está muerto, según su deseo. Eso introduce distintos niveles de análisis. En un primer nivel el sujeto, ante la agonía del padre, desea su muerte para que el dolor acabe, para minimizar su “dolor de existir”. En el sueño, el padre no sabía que el hijo tenía ese deseo. Freud, a modo edípico, dice que eso concierne al deseo de muerte del sujeto dirigido al padre, al deseo de muerte edípico. Entonces “él no lo sabía” es interpretado de acuerdo a la idea de que el padre “no sabía” acerca del deseo de muerte de su hijo dirigido hacia él.

Lacan toma ese sueño en el Seminario 6, que es el seminario en el que presenta el pecado del padre a partir de Hamlet. El padre está muerto, retorna la falta en Hamlet. Lacan dice que el término “no lo sabía” envuelve distintos niveles de análisis –esto es diferente de lo que ubica Freud–. En primer término Lacan dice el padre ya estaba muerto, antes de los deseos edípicos inconscientes del sujeto, porque el padre muerto es el padre simbólico, operador estructural para cada sujeto. Se trata de un deseo que no es tanto un deseo de muerte sino de castración que retorna sobre el sujeto e inscribe la falta en el Otro. Si su padre “no sabía” es por causa de la falta en el Otro: no hay un todo saber del lado del Otro. Finalmente, quien “no lo sabía” es el propio sujeto, porque no hay inscripción de la muerte en el psiquismo. En la época del Seminario 6, Lacan habla de “el sueño del padre muerto” introduciendo la siguiente polaridad: la falta del lado del Otro, el padre que “no lo sabía”, y la falta del lado del sujeto, que también él “no lo sabía”.

Una variación de ese de sueño es el de una paciente obsesiva. Su padre está muerto y aparece para ella en un sueño, él está muerto y “no lo sabe”. El padre “no sabía” que estaba muerto, ella sí lo sabe y no quiere decírselo, la falta se dirige contra el Yo, es ella quien sabe y la falta queda del lado del Otro.

Otra variación es la del caso de una paciente que luego de la muerte del padre sueña con él y se sorprende al encontrarlo vivo. Ella le pregunta entonces al padre: “¿Cómo es la vida más allá…?”. Y el padre responde: “Eso tendrás que responderlo tú misma”. Más allá del padre es el propio sujeto que debe encontrar sus propias respuestas.

Segunda versión del no sabe, no ve. Ya no es un sujeto velando a su padre en su lecho de muerte, sino el padre velando a su hijo en su lecho de muerte. Es un sueño que Freud relata en forma separada. El capítulo VII, “Sobre la psicología de los procesos oníricos”, de “La interpretación de los sueños”, comienza con este sueño, como si fuera un sueño que no puede incluir en la serie de los sueños. Lacan va a examinarlo en el Seminario 11, en la página 42.

Dice Freud: “Las condiciones previas de este sueño paradigmático son las siguientes: Un padre asistió noche y día a su hijo mortalmente enfermo. Fallecido el niño, se retiró a una habitación vecina con el propósito de descansar, pero dejó la puerta abierta a fin de poder ver desde su dormitorio la habitación donde yacía el cuerpo de su hijo, rodeado de velones. Un anciano a quien se le encargó montar vigilancia se sentó próximo al cadáver, murmurando oraciones. Luego de dormir algunas horas, el padre sueña que su hijo está de pie junto a su cama, le toma el brazo y le susurra este reproche: “Padre, ¿entonces no ves que me abraso?” –en otras versiones aparece como “Padre, ¿acaso no ves que estoy ardiendo?”-. Despierta, observa un fuerte resplandor que viene de la habitación vecina, se precipita hasta allí y encuentra al anciano guardián adormecido, y la mortaja y un brazo del cadáver querido quemados por una vela que había caído encima encendida” (p. 504).

Primera observación, existe efectivamente un resplandor que origina el sueño, el padre duerme pero está inquieto porque dejó a su hijo al cuidado del anciano. Cae la vela sobre la mortaja y se prende fuego. El padre despierta por el resplandor.

La segunda cuestión que indica Freud es que hay un resto diurno. Afirma que seguramente esta frase “Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?”, también fue dicha por el propio niño mientras en su enfermedad estaba con mucha fiebre. Añade: “Quizá la queja “me abraso” fue expresada por el niño en medio de la fiebre que lo llevó a la muerte, y las palabras, “Padre, ¿entonces no ves?”, proceden de otra oportunidad que desconocemos pero que fue rica en afectos” (p. 505).

Freud allí está puntuando que esta frase se relaciona con alguna otra ocasión que se desconoce, es el punto en el que aparece el reproche del padre que no ve. Freud lo puntúa pero no lo desarrolla, pero no se le escapa que ahí hay algo en relación a lo que no ve el padre.

Finalmente está la paradoja que señala Freud: “El sueño prevaleció sobre la reflexión de vigilia porque pudo mostrar al niño otra vez con vida”. La teoría de Freud es que el sueño es un cumplimiento de deseo, el sueño cumple el deseo de ver al niño otra vez con vida. “Si el padre se hubiera despertado enseguida, extrayendo la conclusión que lo llevó a la cámara mortuoria, habría abreviado la vida del niño, digámoslo así, por ese breve lapso”. El niño está muerto, duelo imposible de la muerte de un hijo. El padre desea volverlo a ver, sueña con que el niño está con vida, nota el resplandor, percibe de qué se trata, pero si se despierta lo mata otra vez. Esa es la extraña paradoja, es el punto de encuentro con ese niño soñado y que sólo lo puede recobrar a través de un sueño porque ese encuentro es imposible. “Es como Eurídice muerta dos veces”. Al despertar abrevia la vida de su hijo por segunda vez.

Lacan da un paso más, interpela ese “no ves” en el Seminario 11. Al hablar de la pasión de Freud como sed de verdad, dice: “A propósito de este sueño donde él mismo indica que está un poco aparte entre todos los analizados en el libro, es un sueño de suspenso en torno al misterio más angustioso, el que une a un padre al cadáver de su hijo que yace a su lado, de su hijo muerto” (p. 42). Y continúa más adelante: “¿Por qué entonces sustentar la teoría sino es para evocar un misterio del más allá nada menos y quién sabe qué secreto compartido entre el padre y ese niño que viene a decir “Padre, ¿acaso no ves que ardo?””. Las palabras del secreto compartido, de acuerdo a la frase de Freud, “proceden de otra oportunidad que no conocemos, pero que fue rico en afectos”. Lacan hace hincapié en la misma frase de Freud pero añadiendo de que se trata de un secreto compartido sobre la falta del padre tal como el secreto compartido por Isaac y Abraham presentado por Kierkegaard en Temor y temblor: Isaac vio que Abraham levantó su cuchillo, pero no se lo dice a nadie. Lacan se pregunta por qué Freud dice eso y responde: porque quiere salvar al padre. El hijo apunta a la falta del padre y Freud se limita a señalarlo sin ir más lejos.

“¿Qué le quema si no lo vemos dibujarse en otros puntos designados por la topología freudiana? El peso de los pecados del padre”. Lacan es implacable con el padre y no siente pena por él, dice: “lo que le pesa al niño son los pecados del padre”. Si sentimos piedad por el padre es el padre ideal, es por amor al padre. Nosotros amamos ese padre dolido y sentimos un cierto recogimiento ante su dolor. Lacan, por el contrario, indica que le quema al niño los pecados de su padre. Así, ya no es el padre ideal, es otro padre.

Dice Lacan que el peso de los pecados del padre lleva al espectro en el mito de Hamlet, “con el cual Freud redobló el mito de Edipo”. ¿Por qué habla de Hamlet? ¿Cuál es la diferencia esencial entre Edipo y Hamlet?

En el Seminario 6 Lacan indica que el padre de Hamlet sabía, a diferencia de Edipo. Es por ello que lo plantea que esta “tragedia del deseo” es una variante del Edipo que se desencadena ante el encuentro de Hamlet con la muerte.

Edipo no sabe, y cuando sabe se desencadena el drama que conduce al autocastigo. Es más, no hay vacilación frente a su acto en Edipo, porque cuando lo lleva a cabo lo hace sin pensarlo, sin saberlo.

El padre de Hamlet sabe muy bien que está muerto y pone al descubierto su asesinato, pudo decirle al hijo la verdad acerca de su muerte, pero también dice que lo mataron antes de poder confesarse, murió en la “flor de sus pecados”.

Dice Lacan en el Seminario 11: “El padre, el Nombre-del-Padre sostiene la estructura del deseo junto con la de la ley”, hasta ahí la teoría clásica que enlazando la ley al deseo. Pero la herencia del padre, Kierkegaard nos la designa: es su pecado” 8p. 42). Lo que se transmite de padre a hijo es la falta, el pecado del padre es su falta; no es un Otro consistente sino que se trata del significante de la falta en el Otro y de su transmisión de padre a hijo.

Cuando Lacan en “Subversión del sujeto…” dice que la tumba de Moisés está tan vacía para Freud como la de Cristo para Hegel, concluye la frase, y Abraham no nos reveló su sentido, es el Abraham que tiene que sacrificar a Isaac.

¿Qué se hace con la falta? Esa es la verdadera pregunta de un hombre acerca de cómo ser padre, porque justamente hay un significante que falta, ¿cómo se transmite esa posición frente a la ley y al deseo? ¿Cómo se transmite la paternidad como función simbólica?

Lacan en el Seminario 11 lo puntúa. Ese “Padre, ¿no ves que ardo?”, es el punto que señala el pecado del padre, el padre que no sabe y que no ve. Y concluye: “de dónde surge el espectro de Hamlet, sino del lugar donde nos denuncia que fue sorprendido, inmolado en la flor de sus pecados. Y de ningún modo le da a Hamlet las prohibiciones de la ley que pudiera hacer que su deseo subsista”. No baja como Moisés del Sinaí para entregar las tablas de la Ley, donde se dice qué es lo que es. Todo gira en torno a un profundo cuestionamiento de ese padre demasiado ideal. A partir de este seminario lo que encontramos es que el padre deja de ser ideal porque también se incluyen sus pecados.

Podemos establecer la siguiente secuencia. Tempranamente Lacan incluye en su perspectiva la falta del padre del lado del “padre humillado”. El padre que no sabe, del Seminario 6, es correlativo a la afirmación de Lacan que “el gran secreto del psicoanálisis es que no hay Otro del Otro”. La falta del Otro conmueve al padre “demasiado ideal”, tal como lo expresa Lacan en el Seminario 11.

De esta manera, la secuencia de estos sueños de la muerte del padre y del hijo, relatados por Freud y examinados por Lacan, muestran el recorrido de Freud que va de su “amor al padre”, a pesar de los deseos de muerte expresados edípicamente, su búsqueda por “salvar al padre”, al reverso de su falta, al misterioso camino que lo conduce al secreto del padre.

* Este desarrollo forma parte del libro de S. Tendlarz, Clínica de las versiones del padre, Pomaire, Venezuela, 2009.