Homoparentalidad y maternidad de sustitución

Silvia Elena Tendlarz y Carlos Dante García

Eje 17

La homoparentalidad y la maternidad de sustitución son cuestiones acuciantes del siglo XXI. ¿Pueden casarse dos personas del mismo sexo? ¿Puede una mujer pasar por el embarazo en lugar de aquella que se volverá su madre? O también, ¿puede una mujer pasar por un embarazo sin que legalmente el niño tenga alguna madre que se inscriba luego como tal -genética, congénita o social-? ¿Qué efectos produce en la subjetividad de los padres y de los niños?

Las transformaciones legales han permitido que las parejas homosexuales puedan declarar su relación ante la ley. En Argentina entró en vigencia de la ley denominada “matrimonio igualitario”. Una vez legalizado el vínculo de alianza la cuestión de la filiación emerge inmediatamente después. La imposibilidad biológica de concebir un hijo vuelve necesario el recurso a la reproducción asistida o a la inclusión de un tercero. Pero esta acción de la ciencia debe acompañarse de los instrumentos legales que permitan inscribir al niño como hijo propio y volverse responsable de él. Ante la ley argentina, los dos conyugues gay son padres o madres si el niño nace después de celebrado el matrimonio pero no está permitida la triple o cuádruple filiación.

Pero la diversidad familiar y subjetiva no la da solo lo que las legislaciones autorizan o lo que las prácticas efectivas multiplican como posibilidades. Los sujetos involucrados reciben sus resonancias y distribuyen las funciones en las nuevas configuraciones familiares produciendo un clínica original en la era del más allá del padre.

Si la pareja no está casada solo uno de los conyugues puede ser padre o madre. Ante la separación la pareja puede quedar desvinculada del niño por fuera de la relación afectiva con él. La figura de la “madre de crianza” surgió ante un litigio de esta índole.

La mujer que dona el óvulo nunca es madre ante la ley puesto que madre es la que pasa por el parto. En cambio, un donante de esperma puede volverse padre ante la ley por el examen de ADN. Para eso se utilizan instrumentos legales de consentimiento a la donación sin que quede vinculado en la filiación. Un vacío legal posibilitó que en el año 2015 se inscribieran dos madres, eran conyugues, y un padre, el donante que no había firmado ningún papel previamente y que se presentó ante la justicia reclamando reconocer al niño como previamente habían acordado. La “voluntad procreacional” prevaleció en este caso ante la ley. A la homoparentalidad se le añade entonces “lazos parentales múltiples” sin que el género determine la distribución de las funciones de cuidado, materna y paterna.

Para algunas parejas de mujeres la presencia de un padre para sus hijos puede ser una necesidad, es por ello que buscan este intersticio legal. Para otras lo esencial es que el donante sea el mismo si tienen más de un hijo. Es más, algunas recurren al mismo donante para tener cada una de ellas su hijo. La preocupación de quién es la madre puede retornar en la pareja misma cuando se distribuye a quién llama “mamá” o quién se ocupa de la crianza. En un caso esta dificultad retornó sintomáticamente en el hijo quien se demoró en hablar. Un adolescente testimoniaba de su dificultad para lidiar con dos madres y decidió llamar a una de ellas “tía”. En otro caso el problema no era de ningún modo las madres sino la versión mítica que construía el niño en relación al padre que lo llevaba a una continua confrontación.

Para la legislación argentina la maternidad es una “verdad de vientre”: madre es quien pasa por el parto. Se plantea entonces el problema de las mujeres que quieren tener un hijo, homosexuales o heterosexuales-, no pueden pasar un embarazo, y no logran adoptar. Con la misma dificultad tropiezan las parejas de hombres homosexuales, o en la “copaternidad” o la paternidad de un hombre solo. Esto lleva a la discusión legal en torno a la figura de la “maternidad subrogada”, la gestación por sustitución, sin que necesariamente se trate de un “alquiler de vientre”. En realidad uno de los miembros de la pareja podría tener un hijo con una mujer, pero eso deja al conyugue sin posibilidades de ser padre. Un sujeto, confrontado a la muerte de su pareja, volcaba su preocupación de no poder continuar la paternidad del niño ni transmitirle sus bienes dado que no estaban casados. La separación contemporánea entre la alianza y el parentesco pone en evidencia que la familia se constituye a partir del hijo en la medida en que permite la distribución de las funciones. Toda madre o padre debe reconocer a su hijo como tal, desearlo y volverse responsable de él, independientemente de la biología o de los acuerdos legales. El deseo se encarna en seres-hablantes que no pueden más que trasmitir su exilio, desgarro y tropiezos frente a la imposible inscripción de la relación sexual revestida, indefectiblemente, por los mitos que se entretejen en cualquier filiación.