El fantasma del masoquismo femenino

Eje: 3. Lazos del fantasma
Subeje: c. Fantasma y posiciones sexuadas

¿Por qué las mujeres sufren de amor? El concepto “masoquismo femenino” planteado por Freud en “El problema económico del masoquismo” (1924) encontró una amplia repercusión en el medio psicoanalítico post-freudiano que desataron polémicas denominadas por Lacan la “querella del falo”. Para Freud designa una situación característica de la feminidad: ser castrado, poseído sexualmente o parir. Lacan rechaza esta perspectiva y afirma en diferentes oportunidades que se trata de un fantasma masculino que, llamativamente, fue desarrollado por las mujeres analistas del círculo freudiano.

1. Del lado del falo

Para Helene Deutsch la feminidad es una mezcla de pasividad, narcisismo y masoquismo. Transforma el sufrimiento que experimentó en su relación con el dirigente socialista Lieberman en el paradigma del ser femenino. El masoquismo es, a su entender, la más fuerte de todas las formas de amor. llegando incluso a hablar de una “sujeción erótica masoquista”. No obstante, esta defensora a ultranza del masoquismo, nada tiene de masoquista, lo que no le impide construir un universal femenino.

Karen Horney, opositora de Helene Deutsch, critica esta orientación extraída exclusivamente de la diferencia sexual anatómica, pues deja de lado los factores culturales que hacen que una mujer acepte ciertos maltratos.

En realidad, el masoquismo como verdadera naturaleza de la mujer o como puro efecto cultural no se refiere a la perversión masoquista. Helene Deutsch se extravía al confundir los estragos del amor y las peripecias de la relación de la mujer con su propio cuerpo con el masoquismo; Karen Horney se olvida que lo cultural no explica la posición del sujeto frente al goce.

Sandor Rado encara el problema del masoquismo femenino a partir de su relación con la angustia de castración: obtiene placer en forma masoquista al sentirse castrada. Jeanne Lampl de Groot se erige como la defensora del pensamiento freudiano y critica la teoría de Rado en la que plantea que la angustia proviene siempre de una fuerza pulsional masoquista, dejando relegada la fase fálica, concepción que originará su ruptura con Freud. Plantea entonces que compensa la decepción fálica a través de la ganancia de un placer masoquista obtenido evitando el daño narcisista. Rado desestima la búsqueda freudiana de un operador simbólico que de cuenta del Penisneid, y se extravía en su explicación de la angustia en su conexión con el masoquismo. Jeanne Lampl de Groot utiliza el concepto de masoquismo en términos puramente descriptivos por lo que plantea a la “mascarada masoquista” como un refugio narcisista. Pero la castración es una operación simbólica, no un sufrimiento masoquista ni un paliativo frente a una falicidad imaginaria.

2. Del lado del goce

Annie Reich examina casos de sumisión extrema en las mujeres que tienen las siguientes características: maltrato y desvalorización, sumisión “masoquista” y pasividad, pero también se interroga acerca del éxtasis que experimentan durante la relación sexual. Susan corteja durante años a un hombre que accede en pocas oportunidades a su vida sexual; igualmente, lo sigue a todas partes, abandona su carrera, a su familia y amigos, y a pesar de su decepción en lo cotidiano siente una fusión total en el encuentro sexual que la hace feliz. Mary estaba casada con un hombre narcisista que le era infiel. Era sumisa a este hombre que la maltrataba e insultaba dejándola en la soledad absoluta, para tener la dicha del encuentro sexual con él. La unión mística evocada en estos casos y el éxtasis la lleva a Annie Reich a hablar de una sumisión masoquista que les produce satisfacción. La sobrevaloración de estos hombres va en la misma dirección del planteo de Hans Sachs del superyó postizo en las mujeres que las vuelve particularmente dependientes del partenaire. En un caso el acento está puesto en el goce sexual, en el otro el lugar del Ideal.

Eric Laurent al examinar el “masoquismo femenino” indica que la búsqueda de algunas mujeres de volverse la falta del partenaire para hacerse amar, vertiente erotómana del amor en las mujeres, puede llevarlas al “potlatch amoroso”: el sujeto se introduce en el sendero de dar lo que no tiene, enalteciendo su posición de amante a la espera de suscitar en el partenaire una reacción similar y obtener un signo de amor. Busca ser todo para un hombre, sin tomar en cuenta la indignidad del hombre en cuestión, rompiendo la común medida fálica y franquea así una zona que la conduce más allá del principio del placer. Establece luego un desplazamiento del concepto de masoquismo al de privación: fabricarse un ser a partir de la sustracción del tener.

Lacan en el Seminario 17 habla de “goce de la privación” en el sujeto en posición femenina. Pero luego prefiere utilizar el término de “estrago” al del masoquismo para referirse al efecto que un hombre puede tener sobre una mujer. El “ser única para un hombre”, dice Laurent, toma también la modalidad de ser la única que lo acompaña, que lo entiende, pero no deja de ser una demanda de amor.

El masoquismo femenino no es biológico, constitucional o cultural, tampoco depende de los avatares del narcisismo, ni es una defensa contra la diferencia entre los sexos. Plantearlo como un fantasma masculino nos permite aprehender la particular posición en la que quedan algunas mujeres al consentir al fantasma de un hombre y dedicar su tener en “ser amada”. El masoquismo puede ser tomado como femenino en la medida en que rompe la medida fálica. No se trata pues de una perversión sino de una relación particular con el goce, por fuera del falo. El estrago es la otra cara del amor, dice Miller y abre las vías del examen de cómo se entremezclan el amor y el goce en la sexualidad femenina.