Condiciones de elección de objeto

La “psicología de la vida amorosa” desarrollada por Freud cobra la forma de la “lucha entre los sexos”. Desprecio y degradación de la mujer por parte del hombre. Hostilidad y odio de la mujer hacia el hombre.

El siglo XXI lleva a interrogarse sobre la relación entre el amor y la sexuación, y si acaso los cambios operados han variado la manera de amar dado que se ha modificado las posiciones de los sujetos en la distribución sexuada. ¿Qué resonancia tiene decir que un hombre ama a una mujer o una mujer ama a un hombre cuando las categorías “hombre” y “mujer” se han puesto en cuestión? Desde el psicoanálisis es posible diferenciar la “sexuación” de la “sexualidad”. La sexualidad existe desde siempre, en cambio, la sexuación corresponde al término de Lacan con que nombra cómo los seres hablantes se incluyen en posiciones sexuadas. De allí la pregunta ¿cuál es el destino del amor en los seres sexuados? Amor que no se restringe a posiciones heterosexuadas sino que incluye la diversidad de estilos de goces que presenta el mundo contemporáneo.

Ser hombre o mujer no depende de los caracteres sexuales secundarios. La diferencia no es anatómica sino de goce. Los seres-hablantes se distribuyen del lado masculino o femenino en las fórmulas de sexuación y se confrontan a un goce relativo al falo y otro más allá del falo.

Freud y los tipos de elección de objeto

Freud distingue el amor de la sexualidad. Si bien la vida amorosa involucra los dos términos, es necesario distinguir la pulsión sexual del amor enlazado al concepto de narcisismo con la libido allí involucrada.

En la elección de objeto sexual no hay nada orgánicamente establecido. La atracción de un hombre por una mujer, o de una mujer por un hombre, no es un dato biológico dado por la anatomía sino una pregunta solidaria a la propia posición sexuada.

Frente a la libido única, Freud plantea dos finalidades –activa y pasiva– con las que estudia el devenir sexual. La libido siempre es masculina, así se presente en el hombre o en la mujer, y por fuera de que su objeto sea hombre o mujer, y la pulsión siempre es activa aunque tenga un objetivo pasivo.

Freud distingue en “Introducción del narcisismo” la libido yoica y la objetal. La libido que se vuelca sobre el yo es narcisista, verdadero depósito de libido. En cambio, la libido objetal se desplaza de un objeto a otro y permite que los objetos se vuelvan amables. En el narcisismo, el yo se presenta como un objeto de amor, al mismo tiempo que se constituye como tal y da unidad a la imagen corporal, en contraposición a las peripecias de la elección del objeto. El autoerotismo queda del lado de la pulsión sexual, y el narcisismo del lado del amor, antecedente de la antinomia entre el amor y el goce.

Distingue dos tipos de elección de objeto de amor: según el tipo narcisista y según el tipo del apuntalamiento: a la mujer nutricia o al hombre protector. De esta manera, el amor nace a partir de un modelo extraído de los primeros objetos de satisfacción que nunca es una totalidad, sino que se trata de pequeños detalles que condicionan la emergencia del amor.

El amor narcisista expresa el valor del objeto. Se establece así una economía libidinal que determina el valor que el sujeto se otorga a sí mismo en función del valor que ha tomado el objeto. La elección del hombre preferentemente es por apuntalamiento y toman como modelo a la madre. Esta alta estima libidinal surge del narcisismo originario del niño que es transferido hacia el objeto sexual. En realidad, la sobrestimación sexual es característica del enamoramiento y de la pasión amorosa, y esto puede involucrar tanto a los hombres como a las mujeres.

Del lado de las mujeres, Freud indica que predomina el tipo narcisista. Las mujeres buscan ser amadas más que amar, y aman al hombre que cumple esta condición. La sobrestimación en las mujeres recae sobre ellas mismas o sobre los hijos.

Esta primera teoría del amor corresponde a la constitución del registro imaginario: se ama a su propia imagen narcisista reflejada en el objeto de amor. La pasión amorosa tiene como base este amor imaginario, la naturaleza profundamente narcisista de todo enamoramiento, que incluye tanto la vertiente libidinal como la agresividad narcisista que despierta la relación con la propia imagen.

Las condiciones de amor

Freud utiliza un término específico cuando se refiere a la elección amorosa: la Libesbedingung, la condición de amor, que podemos entender cómo los rasgos que diseñan el objeto amable. Presenta entonces una trilogía de la vida amorosa: “Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre” (1910), “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa” (1912) y “El tabú de la virginidad” (1918).

El primer texto de esta serie examina las condiciones específicas que determinan un tipo particular de elección de objeto en el hombre. La mujer elegida debe pertenecer a otro hombre. El sujeto queda situado en el lugar del tercero excluido. Ella debe tener una mala reputación, es decir, su fidelidad debe ser dudosa. Solamente cuando el sujeto llega a estar celoso, el amor llega a su apogeo y la mujer adquiere todo su valor. Simultáneamente, es sobrevalorada. Y, finalmente, se añade la condición de salvar a la dama. Las mujeres se vuelven objetos idealizados o degradados de acuerdo a su valor libidinal.

En el texto de 1912 explica que en tanto que el objeto de amor se vuelve un sustituto del prototipo infantil materno, el hombre debe poder rebajar un poco a la mujer para poder desearla sexualmente. En caso contrario, su proximidad con el objeto de amor idealizado incestuoso vuelve imposible todo contacto sexual. Se produce así una divergencia entre el objeto de amor y el objeto de deseo.

La verdadera fuente del desprecio de los hombres hacia las mujeres se nutre de la extrañeza que experimentan frente al Otro radical que ellas representan tanto para los hombres como para las mujeres mismas en tanto que encarnan el misterio de la sexualidad femenina.

En “El tabú de la virginidad” Freud subraya la “sujeción amorosa” de la mujer al hombre e indica que la dependencia de la mujer es equivalente a la que se produce en la hipnosis. Ahora bien, tanto la prohibición como el secreto ocupan lugares diferentes dentro de la sexualidad femenina. La prohibición es una modalidad del obstáculo que realza el valor del objeto. En cambio, el secreto de la relación amorosa, incluso si es construido artificialmente, es decir, sin ninguna necesidad de ocultar el lazo en cuestión, es utilizado por la mujer como una coartada para lograr hurtarse: nunca está donde se la busca. En cuanto a la hostilidad que experimenta la mujer hacia el hombre, es una herencia directa del odio hacia la madre.

El secreto, el misterio femenino, no son las pruebas de la mala fe, de la insinceridad o la mentira que Freud atribuía a las mujeres. En realidad, es la expresión de Otro goce que forma parte de la sexualidad femenina y que no fue formalizado por Freud.

La teorización freudiana se detiene en el lazo que une a la mujer al significante fálico a través de la sujeción al hombre o por su vínculo necesario a la prohibición, que supone la inscripción de un principio de regulación fálico que funciona a modo de ley.

De esta manera, la relación de la mujer con la prohibición tiene una doble función. Por un lado, en tanto que la prohibición del incesto se relaciona en ambos sexos a la madre, regla el goce fálico dando lugar al deseo. Pero, por otro lado, el esfuerzo por sortearla, a través del secreto, permite que la mujer se hurte en un goce más allá del falo.

La vida amorosa no forma parte de “la naturaleza de las cosas” sino que corresponde a un encaminamiento psíquico específico que establece las condiciones de amor y sus tropiezos. Si bien Freud trabaja en detalle la determinación edípica en la identificación sexuada y en la elección de objeto, la dialéctica fálica examinada por Lacan y la teoría de los goces que introduce al final de su enseñanza darán nuevas perspectivas a estas cuestiones.